Se acaba el verano. Con tristeza y lágrimas en los ojos despides a todas aquellas personas que has conocido este verano, un verano increíble. Atrás queda la playa, despertarse a las tantas, acostarse cuando el sol sale, los días de fiesta, la locura del verano y lo más importante, todas esas personas. Es hora de empezar las clases, de que llegue el frío, de que empiece la rutina y el aburrimiento. Cada día es similar al anterior. Te levantas de la cama tras dar numerosas vueltas después de que sonase el despertador. Te lavas la cara, desayunas... y rumbo a clase. Te toca aguantar horas y horas de charla mientras en tu pensamiento siguen esos días de verano. Por fin suena el timbre que te hace tan feliz, ese que indica que es hora de irse a casa. Llegas, comes, duermes, chateas... y, en mi caso, te preparas para una clase de baile que te dejara muerta pero que te encanta. El invierno es así, aburrido y triste, pero tú tienes en tus manos la oportunidad de hacer que todo sea más divertido y alegre. Tú puedes conseguir que esa rutina sea agradable, simplemente hay que buscar el lado positivo de cada una de las cosas que vivimos. Como por ejemplo, lo agustito que te quedas al llegar a casa y darte una ducha caliente, o cuando fuera llueve y tu estas en casa arropada con una manta y bebiendote un chocolate caliente. Son pequeñas cosas, detalles mínimos, que hacen de la rutina algo mucho más interesante.


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